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Etiopía: la guerra que vuelve a abrir las heridas del Tigray

Etiopía: la guerra que vuelve a abrir las heridas del Tigray

La publicación de RT que tomé como punto de partida advertía que Etiopía podía encontrarse nuevamente al borde de una guerra civil. Al revisar los acontecimientos posteriores, creo que la situación merece una mirada más amplia: no estamos solamente ante un nuevo episodio de violencia en Tigray, sino ante una crisis que comienza a involucrar nuevamente a varios actores del Cuerno de África.

Y eso es precisamente lo que vuelve preocupante el escenario.

Etiopía todavía arrastra las consecuencias de la guerra que enfrentó entre 2020 y 2022 al Gobierno federal con el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF). Aquel conflicto dejó cientos de miles de muertos y terminó formalmente con el Acuerdo de Pretoria de noviembre de 2022. Pero el acuerdo no resolvió todas las disputas territoriales, políticas y militares que habían alimentado la guerra.

Ahora esas heridas vuelven a abrirse.

Una alianza que reúne a antiguos enemigos

El detonante de la nueva escalada fue el anuncio, el 21 de septiembre, de una alianza formada por siete grupos armados etíopes con el objetivo declarado de desplazar del poder al Gobierno del primer ministro Abiy Ahmed.

La denominada Alianza de las Fuerzas Populares Etíopes por la Supervivencia reúne organizaciones procedentes de distintas regiones y comunidades del país. Entre ellas se encuentran el TPLF y las fuerzas Fano de Amhara.

Este dato resulta especialmente significativo.

Durante la guerra de 2020-2022, el TPLF y Fano estuvieron en lados opuestos del conflicto. Ahora, antiguos adversarios coinciden en un objetivo común: enfrentarse al Gobierno federal. Reuters señaló, sin embargo, que la alianza reúne grupos con diferencias territoriales y políticas importantes, por lo que todavía no está claro hasta qué punto pueden actuar como una fuerza militar coordinada.

Esto es importante porque una coalición de grupos armados no equivale automáticamente a un ejército unificado. Pero sí modifica el escenario político y militar: el Gobierno de Abiy ya no enfrenta únicamente una insurgencia localizada en Tigray.

Tigray vuelve al centro del conflicto

La nueva ofensiva comenzó a extenderse por el norte del país y alcanzó puntos estratégicos.

Los grupos vinculados al TPLF llegaron a tomar el control de varios aeropuertos, incluido el aeropuerto Alula Aba Nega de Mekelle, la capital de Tigray. También hubo combates en otras localidades estratégicas.

Pero la situación cambió nuevamente en los últimos días.

Las fuerzas federales y sus aliados recuperaron posiciones importantes, entre ellas Alamata, y el 3 de octubre el Gobierno etíope anunció que había recuperado el aeropuerto de Mekelle. Reuters informó que se trata de los combates más intensos desde la guerra de 2020-2022.

Por eso, hablar simplemente de una victoria rebelde o gubernamental sería prematuro. Lo que estamos viendo es una sucesión rápida de avances y retrocesos que demuestra que el conflicto está lejos de estar resuelto.

El problema deja de ser solamente etíope

Aquí aparece, a mi entender, el elemento más delicado.

El Gobierno etíope acusa a Eritrea, Sudán y Egipto de respaldar a los grupos armados que combaten contra Adís Abeba. Los tres países han rechazado esas acusaciones. Por lo tanto, estas denuncias deben ser consideradas como acusaciones del Gobierno etíope y no como hechos independientes ya demostrados.

Pero aunque no todas las acusaciones puedan darse por confirmadas, el deterioro de las relaciones regionales es un hecho.

El caso de Eritrea es particularmente significativo.

Durante la guerra anterior, Eritrea combatió junto al Gobierno etíope contra el TPLF. Hoy la relación entre Adís Abeba y Asmara se encuentra en un punto completamente diferente. Etiopía cerró su embajada en Eritrea y expulsó a diplomáticos eritreos después de acusar a Asmara de actividades hostiles y de respaldar a sus adversarios. Eritrea respondió el 1 de octubre anunciando la ruptura de las relaciones diplomáticas con Etiopía.

Es un cambio extraordinario respecto de la configuración de la guerra anterior.

El acceso al mar Rojo

Detrás de esta tensión existe además una cuestión estratégica que va mucho más allá de Tigray.

Etiopía perdió su salida al mar cuando Eritrea se independizó en 1993. Desde entonces depende principalmente de Yibuti para su comercio marítimo.

Para un país de más de cien millones de habitantes, con una economía que necesita mantener abiertas sus rutas comerciales, recuperar o garantizar un acceso propio al mar Rojo constituye una cuestión estratégica.

El problema es que cualquier intento de obtener acceso mediante acuerdos con Eritrea —y particularmente cualquier eventual presión sobre el puerto de Assab— afecta directamente los intereses de Asmara.

Por eso, la disputa territorial y política dentro de Etiopía se superpone ahora con una cuestión geopolítica mucho mayor: quién controla las rutas estratégicas que conectan Etiopía con el mar Rojo.

Egipto y la presa del Nilo

A esto se agrega otro conflicto regional: Egipto y Etiopía mantienen desde hace años una disputa por la Gran Presa del Renacimiento Etíope, la GERD.

Para Etiopía, la presa es fundamental para su producción energética y para su desarrollo económico. Para Egipto, el problema está relacionado con la disponibilidad futura de agua del Nilo, un recurso del que depende buena parte de su agricultura y de su población.

La cuestión de la presa no explica por sí sola la actual guerra en Tigray. Sería incorrecto establecer una relación causal directa.

Pero sí forma parte del conjunto de tensiones que hacen que cualquier conflicto interno etíope pueda adquirir rápidamente una dimensión regional.

Y Sudán agrega otra crisis

El tercer elemento es Sudán.

Etiopía comparte una extensa frontera con un país que atraviesa su propia guerra. Al mismo tiempo, Adís Abeba y Jartum mantienen acusaciones cruzadas relacionadas con grupos armados y con el conflicto sudanés.

Por eso, si la guerra etíope se extiende hacia las regiones fronterizas, el problema no tendría lugar en un vacío geopolítico.

Tendría lugar en una zona donde ya existen conflictos armados, disputas territoriales, rivalidades por recursos y competencia por las rutas del mar Rojo.

Lo que realmente está en juego

Cuando leo la publicación de RT y observo lo ocurrido después, mi impresión es que el dato más importante no es solamente que hayan vuelto los combates.

Lo verdaderamente preocupante es la superposición de conflictos.

Por un lado tenemos una disputa interna entre el Gobierno federal y diferentes movimientos armados.

Por otro, la ruptura del equilibrio alcanzado después de la guerra de Tigray.

Tenemos además una alianza que reúne a grupos que anteriormente fueron enemigos entre sí.

Y, alrededor de todo esto, aparecen Eritrea, Sudán y Egipto, cada uno con sus propios intereses y conflictos con Etiopía.

Esto no significa que una guerra regional sea inevitable. Tampoco significa que todos estos países estén interviniendo militarmente en el conflicto. De hecho, varias de las acusaciones formuladas por Etiopía han sido rechazadas por los gobiernos señalados.

Pero sí significa que existen más vías potenciales para que una guerra interna se transforme en una crisis regional.

Una paz que nunca terminó de consolidarse

El Acuerdo de Pretoria consiguió detener la guerra abierta entre el Gobierno etíope y el TPLF en 2022. Pero detener los combates no significó resolver todas las causas del conflicto.

La disputa por territorios, el desarme de las fuerzas regionales, la distribución del poder dentro de la federación etíope y las relaciones entre las diferentes comunidades quedaron como problemas pendientes.

Ahora algunos de ellos reaparecen simultáneamente.

Y hay algo más que no deberíamos olvidar: la población etíope todavía vive con las consecuencias humanitarias de la guerra anterior. Nuevos combates significan desplazamientos, interrupción de servicios, dificultades para acceder a alimentos, combustible y asistencia médica, además de la posibilidad de que vuelvan a producirse violaciones de derechos humanos.

Por eso, más que preguntarnos solamente si Etiopía está entrando nuevamente en una guerra civil, creo que debemos observar hasta dónde puede extenderse esta nueva crisis.

Porque esta vez el escenario es diferente.

El conflicto comienza en Tigray, pero alrededor de Tigray existen demasiados intereses cruzados: Eritrea, Sudán, Egipto, el mar Rojo, el Nilo y una red de movimientos armados que ya no responde a las mismas alianzas de 2020.

La publicación de RT advertía sobre la posibilidad de una nueva guerra civil. Los acontecimientos posteriores muestran que la pregunta puede ser todavía más amplia:

¿podrá Etiopía contener nuevamente su conflicto dentro de sus propias fronteras?

Esa es, ahora mismo, una de las cuestiones centrales para el futuro del Cuerno de África.

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