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¿Qué significa ser rebelde dentro del sistema?

Mirando a travès del celular

El Orejano

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¿Qué significa ser rebelde dentro del sistema?

Hace tiempo que me hago una pregunta que puede resultar incómoda: ¿hasta qué punto podemos considerarnos rebeldes contra el sistema si nuestra propia rebeldía funciona a través de las herramientas que ese sistema construyó?

Vivimos en una época en la que cualquiera puede declararse anticapitalista, cuestionar el poder económico, denunciar la concentración de la riqueza o criticar a las grandes corporaciones. Y puede hacerlo públicamente, desde su teléfono, a través de Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp o cualquier otra plataforma digital.

Pero ahí aparece una contradicción que me resulta difícil ignorar.

Las mismas redes que utilizamos para cuestionar al capitalismo forman parte de enormes empresas privadas y de un modelo económico basado, entre otras cosas, en captar nuestra atención, nuestros datos y nuestro tiempo. Cuantos más usuarios tienen, mayor es su capacidad económica y publicitaria.

Entonces aparece una escena bastante particular: alguien publica un mensaje contra el sistema capitalista y, pocos minutos después, comienza a mirar cuántas personas le dieron “me gusta”, cuántos seguidores consiguió y cuántas veces fue compartida su publicación.

La rebeldía termina teniendo estadísticas.

Y eso me lleva a otra pregunta: ¿qué ocurre cuando la necesidad de tener seguidores comienza a ser más importante que aquello que se está defendiendo?

He visto esta lógica incluso en ámbitos universitarios. Para organizar una actividad utilizamos Google Forms. Para compartir un trabajo utilizamos Google Drive. Para comunicarnos, WhatsApp. Para enviar información, Gmail. Incluso algunas universidades construyen buena parte de su infraestructura institucional alrededor de servicios pertenecientes a grandes compañías tecnológicas.

No estoy diciendo que utilizar esas herramientas convierta automáticamente a alguien en defensor del capitalismo. Sería una conclusión demasiado sencilla.

Yo mismo las utilizo.

El problema que me interesa es otro: ¿hasta qué punto nuestras posibilidades de organización independiente quedan condicionadas por infraestructuras que no controlamos?

Porque una cosa es utilizar una herramienta porque resulta práctica y otra muy distinta es no poder imaginar una alternativa.

Hace poco intenté plantearles a mis propios compañeros de facultad una posibilidad diferente: un espacio de comunicación propio, parecido a Facebook, pero pensado para nosotros, con chats cuyo contenido pudiera eliminarse realmente cuando el usuario lo decidiera y sin depender necesariamente de una plataforma comercial externa.

La respuesta fue bastante reveladora.

La mayoría prefirió continuar utilizando lo que ya conocía.

Y no puedo culparlos.

Es mucho más sencillo entrar en una aplicación que ya está instalada, utilizar una cuenta que ya tenemos y continuar con nuestras costumbres habituales que construir una alternativa desde cero.

Pero precisamente ahí está, quizás, la cuestión más profunda.

El sistema no necesita obligarnos permanentemente a utilizar sus herramientas. Muchas veces alcanza con que sus herramientas sean las más cómodas.

La dependencia puede construirse a través de la comodidad.

Y esto me hace pensar en Antonio Gramsci.

Gramsci estudió precisamente cómo el poder moderno no se sostiene únicamente mediante la fuerza. Analizó el papel de la sociedad civil, la cultura, la educación, los medios y otras instituciones en la construcción de aquello que denominó hegemonía. Para él, una transformación profunda requería disputar también ese terreno cultural y social. Su idea de la “guerra de posición” estaba vinculada a una lucha prolongada dentro de esas estructuras de la sociedad civil.

Pero hay algo que personalmente todavía me genera dudas.

¿Hasta dónde podemos utilizar las herramientas del sistema sin terminar fortaleciendo al mismo sistema?

Porque una cosa es entrar en un espacio que no controlamos para difundir una idea.

Y otra es construir toda nuestra capacidad de organización sobre ese espacio.

Si mañana desaparece una cuenta de una red social, si cambia el algoritmo, si modifica sus condiciones de uso o si decide limitar determinada función, nuestra organización puede quedar afectada inmediatamente.

Entonces quizás la verdadera rebeldía no consista solamente en hablar contra el sistema desde sus propias plataformas.

Tal vez también consista en aprender a construir espacios que no dependan completamente de él.

No significa abandonar Facebook, Instagram, Google, WhatsApp o cualquier otra herramienta. Sería ingenuo pensar que podemos aislarnos completamente de la infraestructura tecnológica contemporánea.

Significa algo diferente:

utilizar las herramientas existentes sin perder la capacidad de construir alternativas.

Porque si una persona critica una estructura de poder pero no puede organizarse sin utilizar la infraestructura que esa misma estructura controla, existe una contradicción que merece ser pensada.

Y quizás esa contradicción sea una de las características más interesantes de nuestra época.

Nunca tuvimos tantas herramientas para expresarnos.

Nunca fue tan fácil encontrar personas que piensan como nosotros.

Nunca fue tan sencillo publicar una idea para miles de personas.

Pero también puede ocurrir algo paradójico: cuanto más dependemos de las plataformas para expresar nuestra rebeldía, más difícil se vuelve imaginar una rebeldía fuera de ellas.

Por eso, para mí, la pregunta ya no es simplemente si somos rebeldes.

La pregunta es otra:

¿somos capaces de construir algo diferente o solamente estamos aprendiendo a protestar dentro de los límites que alguien más diseñó?

Quizás la verdadera medida de nuestra independencia no esté en cuántos seguidores conseguimos dentro de una plataforma, sino en cuánto somos capaces de hacer cuando esa plataforma deja de existir.